La maldad no tiene lÃmites
A finales del año pasado, leÃamos cómo un hacker se habÃa introducido en la cuenta de un usuario de twitter y mandaba mensajes, en su nombre, prescribiendo productos de una conocida marca de ropa interior femenina. Y como en las redes sociales, los usuarios están conectados entre sà mediante decenas de enlaces de amistad y followings, para un malhechor digital su tarea de viralización de su malvado cometido le resulta mucho más fácil. El periódico que recogÃa la notÃcia lo titulaba como que hoy, los virus afectan –también– a la reputación de las personas en la red, ya que en estos casos, estas acciones atentan directamente contra la imagen y el honor de sus vÃctimas.
Pero para quienes vivimos en este universo online, sabemos que, como en el mundo real, el mal no tiene lÃmites ni formas predeterminadas, y en la red, el hacking de una de tus identidades ‘en propiedad’ (cuenta twitter, facebook, flickr, blog, etc.) puede ser incluso el menor de los males para tu reputación. De hecho, recuerdo un caso flagrante en España (el cual no mencionaré nombres ni marcas) en que se planificó la generación de todo un contenido desfavorable sobre un exitoso empresario. La información no era cierta, pero estaba publicada. Las referencias que aparecÃan en TOP10 de buscadores bajo su nombre no estaban contrastadas y carecÃan de validez, pero era la única información que el usuario de a pie podÃa acceder sobre esta persona.
El mercado de las búsquedas tiende también a democratizarse (Wikisearch), como también el opinativo (Sidewiki). Cuando estas medidas estén instauradas, Google será una especie de monarquia democrática donde todo el mundo podrá ‘subir’ y ‘bajar’ resultados al gusto según sus intereses y valores (potenciando el poder de la mayorÃa versus la minorÃa) y todo este mundo virtual estará reinado por un solo soberano, quien regulará todo el sistema. (1) Arropará quienes conozcan sus mecanismos de entrada y salida de información (indexación y publicación), y (2) deberÃa penalizar quienes no comulguen con unas normas y valores (hoy aún no muy claros) de comportamiento tecnosocial online. Y aunque las personas tendamos a eludir las decisiones difÃciles a las máquinas (ordenación, categorización, valoración…) tendrán que prevalecer, más que nunca, el buen hacer de la comunidad y el sentido común.
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