Bajo este título contundente leí un brevísimo, aunque interesante, post en Slashdot con una potente verdad. En febrero de 2009 ya reflexionábamos sobre la realidad de tener presencia en la mayoría de plataformas sociales: su razón de ser (y de negocio) es la cantidad de usuarios que albergan. Por eso, asumen su coste de perfil básico. Pero lo que podríamos olvidar por unos momentos es el hecho de que nuestros perfiles en twitter, facebook, youtube, linkedin, tumblr, etc. no nos pertenecen sinó que son propiedad de la plataforma que da el servicio.

El caso es que la identidad digital es una carrera de largo recorrido, y muchas de estos sistemas en los que hoy participamos y hemos ido conformando nuestro perfil personal y/o profesional, en sus inicios tampoco tenían previsto ser lo que hoy representan.

Quien más o quien menos, invierte su tiempo en la publicación, curación de contenido, relación con sus amigos, followers y contactos, en estas plataformas. Imagínese por un momento que por algún motivo ajeno a su voluntad, actuando dentro de las condiciones de uso del sitio, pierde la concesión de su espacio. Su identidad queda anulada, borrada, desaparecida. Su trabajo perdido, las relaciones allí digitalizadas, rotas y reseteado a 0.

Lo que cuenta en Slashdot es otro supuesto tan real como la vida misma: una usuaria de servicio de hosting se despierta un dia, conecta con su blog y descubre que su dominio ha sido asignado a otro cliente. Ante su reclamación, el proveedor remite a sus condiciones de servicio (por cierto, condiciones que casi nadie nunca lee…) que no protegen a su cliente como si lo hacen consigo mismos…

En un momento como el actual, en pleno siglo XXI, la paradoja es que la ilusión y la confianza siguen siendo los motores que nos mueven hacia los demás, en un contexto de universo virtual intangible (internet). Ilusión, por sacrificar nuestros datos personales a costa de acceder a un espacio público donde interactuar con nuestros amigos. Confianza, por entregar ciegamente nuestra actividad digital a un proveedor de servicio que ni conocemos para que nos preste un espacio online sin conocer qué pasará mañana con nuestro stream y comunidad personal si decide cerrar, a quién acudir si cierra la parcela que ocupamos, o demostrar la importancia que significa para cada uno de nosotros este don que la red nos ha permitido.

Supongo que forma parte de la efimeridad del propio internet. Habrá sido bonito mientras haya durado, supongo… 😐

[photo by dasern]

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Francesc Grau

Obrero de la comunicación 💬 emprendedor tecnológico 💡 y autor 📚 de 2 libros sobre cultura digital

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